A veces llega un momento en que
te haces viejo de repente
sin arrugas en la frente
pero con ganas de morir
paseando por las calles
todo tiene igual color
siento que algo hecho en falta
no se si será el amor
Ya lo dice la canción de Celtas Cortos, “La senda del tiempo”
Tengo 25 años, a penas nada, lo sé. Ya me ha dado tiempo a llorar de felicidad, de verdadera tristeza al perder a un ser querido. He visto cumplirse alguno de mis sueños y también cómo otras cosas importantes de mi vida se han derrumbado cual castillo de naipes. Me he emborrachado, me he vuelto loco y he recobrado la serenidad. He viajado, poco, pero para eso siempre habrá tiempo. He aprovechado trenes que nunca volverán a pasar… y he dejado marchar algunos otros. Sé que aún me queda un largo camino.
Lo peor de todo es que también he tenido tiempo de enamorarme, algo que (podéis estar de acuerdo conmigo o no), no tiene comparación con nada. Doy gracias, aunque pueda parecer lo contrario, por haber podido notar eso que se nota cuando pierdes la cabeza por alguien que llega y pone tu vida patas arriba. He mirado a alguien a los ojos y le he dicho “te quiero” y podría decir aquello de “ya me puedo morir tranquilo” porque ese momento ha sido maravilloso.
También, desgraciadamente, he llorado amargamente al ver cómo no eran correspondidos mis sentimientos…
Me despierto por la noches
entre una gran confusión
es tal la melancolía
que está acabando conmigo
siento que me vuelvo loco
y me sumerjo en el alcohol
las estrellas por la noche
han perdido su esplendor
Me ha dado tiempo a encontrarme con la persona que podría haber ocupado todos los días de mi vida. También en eso me he equivocado y al menos una vez creí estar al lado de esa persona tan importante. Desgraciadamente este hecho ha incluido, también, el triste trago de ver cómo lo das todo por alguien a quien no solo quieres, sino que adoras, respetas, amas… y no ha servido para nada. Créeme, ella era la persona, a mi no me vale aquello de “si no ha sabido apreciar tus sentimientos, muy buena para ti no debía ser en realidad”.
He buscado en los desiertos
de la tierra del dolor
y no he hallado mas respuesta
que espejismos de ilusión
he hablado con las montañas
de la desesperación
y su respuesta era solo
el eco sordo de mi voz
Hay una cosa con la que no puedo en esta vida: la impotencia. No poder hacer nada es algo que me supera. Yo jamás me he puesto límites y siempre he estado completamente convencido cuando he sabido que algo merecía la pena, de llegar hasta donde hubiera que llegar para conseguirlo.
Nunca, y así ha sido hasta hace bien poco, nadie había cambiado mi forma de ser. Seguramente siendo como he sido (y quiero seguir siendo), haya acertado en ocasiones y fallado en otras, esto no es más que, en definitiva, una partida… pero siempre he sido yo. Puede que si te has cruzado conmigo hayas compartido la toma de mis decisiones o no las hayas entendido, pero siempre he sabido lo que hacer, siempre he encontrado un camino… siempre he sido yo mismo… siempre.
Siempre… excepto cuando conocí a quien ahora indirectamente escribo estas líneas.
Me ha dado miedo, verdadero pánico, mirarme en los ojos de quien ha escuchado mi historia y ver que no era yo mismo quien estaba llorando al no poder encontrar ningún camino, al estar, por primera vez en mi vida, paralizado y no controlar nada.
No he sabido lo que hacer. He sido, durante el tiempo suficiente para perder el norte, darme cuenta de ello y mirar a mi alrededor y ver el agujero en el que me había metido, alguien sin personalidad, rendido ante quien no ha sabido apreciar todo lo que le he dado, que no ha sido precisamente poco.
De verdad, tú que ahora puede que hayas llegado hasta aquí sin quererlo, que estés leyendo esto sin entender nada… estar enamorado no es eso.
Sentir el amor es una caída sin final, una desesperación por perder lo que realmente no es tuyo. Su sonrisa se convierte en la tuya y su felicidad en tu único destino. Enfermedad donde las haya, de la cual todos queremos estar infectados. Pero cuando está ahí…cuando lo tenemos al alcance de las manos… esa plenitud a la que nos conduce el amor se escapa, porque no somos capaces de apreciar lo que tenemos. A veces, viene en forma de regalo y no tienes que luchar por ello, sólo disfrutarlo. Es ahí cuando dejas de valorarlo y, cuando al fin te das cuenta de que eso era lo que buscabas, ya ha dicho no, y ese no es para siempre.